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Ajustándose a lasEstrategias Imperialistas

Yifat Susskind, Directora Asociada

Junio 2003

"Los Estados Unidos fueron el objetivo del ataque porque somos la fuente de inspiración para la libertad y oportunidad en el mundo"
—George Bush, 11 de Septiembre de 2001

El 11 de Septiembre de 2001 George Bush dió a conocer la primera respuesta oficial a la nueva pregunta estadounidense por excelencia: “¿Por qué nos odian?”. En el extranjero esta pregunta resuena junto a una continua desconfianza, impaciencia y repugnancia, que refuerza el estereotipo de los estadounidenses como gente naive y ajena a lo que la rodea, que se aventura a la destrucción de lugares que ni siquiera pueden ubicar en un mapa. Para los estadounidenses esta pregunta da lugar al debate sobre los costos y las consecuencias de lo que muchos en el país llaman el Imperio Estadounidense.

El hecho de que muchos estadounidenses comiencen a verse a sí mismos como ciudadanos de un imperio refleja una fobia histórica hacia el imperialismo. El mito fundacional de los Estados Unidos como una nación con ideales nacida de la rebelión contra la tiranía y el mandato extranjero del Rey George, es la base de la imagen que tienen de sí mismos los estadounidenses, como un país opuesto a los ambiciosos imperios colonialistas de Europa y, más tarde, al “Imperio del Diablo” de la Unión Soviética. Al igual que otras identidades nacionales, esta imagen de uno mismo se trata de una serie de historias que los estadounidenses se cuentan a ellos mismos sobre sí mismos. Quizás lo más importante de estas historias es la idea de que los Estados Unidos representan lo que Thomas Jefferson llamó el “Imperio de la Libertad”.

La visión de Jefferson es sólo una más de las tantas tradiciones en competencia. De hecho, en la cultura política estadounidense siempre ha existido una tensión entre los ideales de la república democrática y la búsqueda del imperio extranjero. Sin embargo, esta tensión nunca ha sido tan evidente como en la actualidad. Aconsejado por un grupo de ideólogos neoconservadores, el gobierno de Bush ha arrastrado a los Estados Unidos en una carrera imperialista descarada, provocando una crisis en la percepción que los estadounidenses tienen de sí mismos. Los presidentes de los Estados Unidos históricamente han utilizado esta mitología fundacional para crear la imagen pública de que su política extranjera está basada en una serie de imperativos morales. Tanto si esta mitología es utilizada por el gobierno de Bush en su beneficio o por el movimiento de oposición, inevitablemente definirá el curso de la política exterior de los Estados Unidos.

¿Una Ciudad en la Colina o el Imperio del Mundo?

En el período comprendido entre la caída del Muro de Berlín y la caída de las Torres Gemelas mucha gente alrededor del mundo comenzó a ver a los Estados Unidos como un imperio global. Con la presencia de bases militares en 40 países, el comercio internacional e instituciones financieras dominadas por Washington y la cultura popular estadounidense y el idioma inglés envolviendo el mundo, las comparaciones con Roma se hicieron recurrentes. Pero los estadounidenses en vez de utilizar la palabra “imperio” para describir al poderío dominante de su país, prefieren la ahistórica designación de “superpotencia” y los eufemismos como “globalización”. A Lawrence Summers, intelectual destacado del gobierno de Clinton, le gustaba presentar a los Estados Unidos como la única superpotencia anti-imperialista de la historia.

Si bien están acostumbrados al manejo del poder en el ámbito internacional, los estadounidenses no se ven a sí mismos como un fuerza imperialista sino como la nación de los valores universales que tiene la misión de exportar esos valores al mundo. Según George Bush: “Existe un sistema de valores que no puede ser puesto en peligro, y esos son los valores que nosotros elogiamos. Si esos valores son lo suficientemente buenos para nuestro pueblo, deben ser lo suficientemente buenos para otros, no como una imposición de los mismos, ya que éstos son dados por Dios. Estos no son valores creados por los Estados Unidos, éstos son los valores de la libertad, la condición humana y de madres cuidando a sus hijos”1 El confuso discurso combina el mesianismo moralista protestante de los fundadores religiosos de los Estados Unidos con principios progresistas como libertad y un sentimiento humanitario que influenciaron a los primeros líderes de ese país. Estas dos ideologías continúan definiendo la imagen nacional, dando lugar a que los estadounidenses vean altruismo en acciones donde otros ven imperialismo.

Históricamente los estadounidenses han visto a su país como una “ciudad en la colina” y la “fuente de esperanza y decencia”, de acuerdo con lo previsto en 1630 por John Winthrop, el primer gobernador de Massachusetts. Para 1776 el proyecto estadounidense llegó a ser mucho más que eso. “Tenemos en nuestro poder la oportunidad de comenzar el mundo de nuevo” escribió Thomas Paine en Common Sense. Durante los 100 años posteriores los Estados Unidos confiscaron territorios pertenecientes a los Pueblos Indígenas de la región, conquistaron la mitad de México e intentaron conquistar Canadá dos veces mediante de una serie de guerras que los políticos denominaron “Misiones” para expandir la “Civilización” y la “Democracia Anglosajona”. Para los líderes estadounidenses del siglo XIX era tan evidente que habían sido elegidos por Dios para gobernar el continente que denominaron su condición privilegiada “Destino Manifiesto”. En esa época las historietas políticas contenían imágenes de un Estados Unidos joven y virtuoso en oposición con los desintegrados y decadentes imperios de Gran Bretaña y España.

El anti-imperialismo estadounidense se aventuró en ultramar en 1898 matando a 600 mil personas en la Campaña de Filipinas (denominada en inglés “Benevolent Assimilation”). Ese mismo año el Secretario de Guerra de los Estados Unidos, Elihu Root, declaró que “el soldado americano es diferente a los soldados de otros países desde los comienzos del mundo. Es el mejor protector de la libertad y la justicia, la ley, el orden, la paz y la alegría”2 La declaración de Root podría haber sido una declaración del presidente George Bush, con la excepción de que no presenta ningún tipo de errores gramaticales. De hecho, entre la “Benevolent Assimilation” y la “Operación Libertad Iraquí”, los Estados Unidos han conducido más de 170 intervenciones militares en cada región del mundo. Cada una de estas intervenciones ha sido presentada en los Estados Unidos como una misión para rescatar al país en cuestión, y en definitiva al mundo entero, en favor de la libertad y la democracia. Incluso el plan de los asesores de Bush para invadir y ocupar Irak, entendido por la mayoría como un claro intento de dominar la región, fue presentado como una misión para democratizar Irak y salvar a su población del “Asesino de Bagdad”: Saddam Hussein. El falso imperativo moral de desarmar militarmente a Irak por cuestiones de seguridad le habló a la mentalidad estadounidense, pero la misión de llevar libertad y salvación le habló al alma estadounidense.

La naturaleza profundamente religiosa de la cultura política estadounidense es muchas veces encubierta tras la imagen de los Estados Unidos como el país que estableció la separación entre la Iglesia y el Estado. Sin embargo, cada presidente de los Estados Unidos (incluyendo a Kennedy, el único presidente no Protestante, y Clinton, que apareció en la opinión pública como el complemento liberal ideal de Bush) ha utilizado sus creencias religiosas y expresado abiertamente su devoción por dios. Pero con sus rezos matutinos en la Casa Blanca y su lenguaje fundamentalista, Bush está rápidamente haciéndose conocer como el presidente más fanático en términos religiosos de la historia de los Estados Unidos. Sus recurrentes referencias a las cruzadas y a la “tradición bíblica de la lucha del bien contra el mal” han sido incomprensibles y alarmantes para muchos en el extranjero. Una de las razones por la cual le es extraño a la mayor parte del mundo es porque el tipo de Evangelismo de Bush es un credo estrictamente estadounidense.* Como cristiano convertido al Evangelismo, Bush cree que dios se comunica directamente con él y que tiene garantizado un lugar en el cielo sin importar sus acciones en la tierra. Varios periodistas que han entrevistado a Bush aseguran que el presidente parece creer que fue colocado en la Casa Blanca por Dios para realizar una misión divina.

El fundamentalismo de Bush es muy distinto al cristianismo dominante de los Estados Unidos, pero el trasfondo evangélico representa una larga tradición del mesianismo estadounidense. De hecho, lo que mucha gente en el extranjero caracteriza como arrogancia estadounidense es, en parte, un impulso religioso distorsionado, expresado en un lenguaje secularizado de “valores”. Por lo tanto, cuando los estadounidenses escuchan a Bush diciendo que él “liderará al mundo hacia la paz” como declaró después del 11 de Septiembre, pueden estar de acuerdo o no pero a muchos no les causa ninguna gracia. En las declaraciones de Bush se escuchan las palabras de Woodrow Wilson, quién describió la participación de los Estados Unidos en la primera Guerra Mundial como una misión para “convertir al mundo en un lugar seguro para la democracia”. (el embajador de Inglaterra durante el gobierno de Wilson, W.H. Page, explicó la decisión como “la única manera de mantener nuestro estado comercial dominante”, pero es el análisis altanero de Wilson lo que persiste en la memoria nacional).

No es que los estadounidenses no entiendan las estrategias imperialistas que se manejan en el ámbito de la política exterior, pero dado que los intereses de los Estados Unidos son presentados como lo mismo que los “valores estadounidenses”, cualquier acción de los Estados Unidos puede ser vista como una búsqueda de principios más que como estrategias imperialistas. Consideremos las declaraciones del representante comercial de los Estados Unidos, Roberto Zoellick, resaltando las virtudes del libre comercio como la mejor solución al terrorismo: “El comercio es más que eficiencia económica, promueve los valores esenciales de esta prolongada lucha”3 Los demócratas no están menos interesados en los beneficios y/o valores de este juego. Clinton era un maestro de la estrategia. ¿Recuerda el “bombardeo humanitario” en Kosovo durante su gobierno? Según Clinton: “Si vamos a establecer una relación económica consolidada que incluya nuestra capacidad de vender en todo el mundo, Europa tiene que ser un lugar clave. . . esto es de lo que se trata Kosovo … se trata de nuestros valores”4

Un Nuevo Momento Imperial

Desde del 11 de Septiembre de 2001, el tabú estadounidense contra el imperialismo se derrumbó bajo la tensión de los actuales acontecimientos. El debate sobre el significado del poderío de los Estados Unidos a nivel mundial resurgió de las sombras del comité asesor neoconservador y ha sido abordado en destacados programas de radio y portadas de diarios locales. En una investigación realizada por MADRE utilizando una base de datos de diarios estadounidenses se encontró que el uso de la palabra “imperio” ha sido utilizado el doble durante el año posterior a los ataques del 11 de Septiembre. Como indicó el historiador Michael Ignatieff: “Vivimos en un mundo que se parece mucho al último Imperio Romano. Los bárbaros acaban de cruzar las puertas, y han saqueado Roma. Y el efecto es hacer que todos repentinamente se enteren que vivimos en un imperio” 5 Durante los tres meses que precedieron a la invasión de los Estados Unidos a Irak, destacadas revistas de derecha (The Weekly Standard, The National Review) de izquierda (The Nation, The Progressive) y del centro (The New York Times Magazine, US News y World Report) tuvieron como noticia de portadas o artículos en profundidad notas sobre imperialismo.

El 11 de Septiembre de 2001 es recordado por los estadounidenses como el día en el que “todo cambió”. Sin embargo, la invasión de los Estados Unidos a Irak en Marzo de 2003 marca un momento aún más crucial para el imperio estadounidense. La invasión a Irak guiada por objetivos concretos como poner a prueba la doctrina de la “guerra preventiva” de Bush, controlar el petróleo iraquí y utilizar a la ciudad sitiada de Bagdad como un puente para reorganizar por completo el Medio Oriente, es claramente la guerra más imperialista de la historia de los Estados Unidos. De hecho, el concepto de imperio ha comenzado a resonar tan recurrentemente que el presidente se vió obligado a desmentir esa idea públicamente. En Junio de 2002 Bush pronunció un discurso en la academia militar West Point en el cual presentó su doctrina de la guerra preventiva. En el día de graduación de los cadetes, Bush expresó que “los Estados Unidos no tienen ningún imperio a extender o utopía a establecer”. Cinco meses más tarde declaró frente a un grupo de veteranos en Washington: “No buscamos ser un imperio”. Bush hizo la misma declaración en Marzo de 2003 durante el anuncio del bombardeo a Bagdad.

Mientras Bush intentaba tranquilizar a la opinión pública diciendo que la guerra es paz y la libertad es esclavitud, sus asesores sobre política exterior neoconservadora enfrentaban el tabú estadounidense contra el imperialismo, declarando orgullosamente ser “imperialistas liberales”. Esta estrategia desarticuladora ayudó a modificar los términos del debate público sobre el imperialismo. La pregunta ya no es si los Estados Unidos son o no un imperio, ahora la discusión más bien pasa por preguntarse citando el programa “Talk of the Nation” (“La Palabra del Pueblo”) de radio nacional: “¿La palabra Imperio tiene que ser una mala palabra?”.

La respuesta neoconservadora es un continuo “No” junto al llamado de brindar apoyo al poderío estadounidense a la manera de Bush y Rumsfeld, con su destacado unilateralismo machista. El centro ofrece una respuesta limitada, repitiendo la posición de los apologistas frente al imperialismo estadounidense. Por ejemplo, Ignatieff nos aseguró que el “Imperio de los Estados Unidos no es como los imperios de épocas pasadas basados en estrategias de colonización, conquista e imposición del dominio del hombre blanco pero “un imperio sútil, cuyos beneficios son los mercados libres, los derechos humanos y la democracia.”6 En la izquierda están aquellos representados por los sectores de la coalición A.N.S.W.E.R., quiénes definen los excesos del imperialismo estadounidense como comprensibles, si bien no justificables, causas de los ataques del 11 de Septiembre. Otros grupos representados por la coalición “Unidos por la Paz y la Justicia” (en inglés United for Peace and Justice) han sido más hábiles en hacerse oír entre aquellos que pertenecen a la corriente política dominante, en parte convoncando a la gente sobre la base de la arraigada desconfianza estadounidense hacia el imperialismo.

El Movimiento Anti-imperialista

El sector más grande del movimiento pacifista está compuesto por organizaciones tradicionales de paz y justicia de los Estados Unidos, el mal llamado movimiento anti-globalización y los demócratas progresistas. Esta nueva configuración es mejor conocida como el movimiento contra la tendencia imperialista de los Estados Unidos y de hecho, algunos de sus integrantes se han referido a temas imperialistas durante algún tiempo. MADRE es parte de United for Peace and Justice y ha trabajado desde 1983 en Centroamérica y el Caribe donde el unilateralismo, invasión, ocupación y “cambio de régimen” de los Estados Unidos son desgracias conocidas. Como muchos de ustedes saben, MADRE comenzó siendo una iniciativa de mujeres trabajando en colaboración con los centros de cuidado infantil en Nicaragua bombardeados por los Contras con el respaldo de los Estados Unidos, y los centros de cuidado infantil en los Estados Unidos que fueron desatendidos por el gobierno de Reagan. Veinte años más tarde, MADRE continúa desafiando las políticas destructivas que en la búsqueda por consolidar el imperio se apropian de recursos nacionales como salarios y programas sociales. Estos servicios esenciales son utilizados principalmente por las mujeres, quienes constituyen la mayor parte de la población que vive en condiciones de pobreza y son quienes además están a cargo de resolver las necesidades de la mayoría de la población.

MADRE, al igual que otros grupos dentro del movimiento pacifista, critica al imperialismo desde una perspectiva de derechos humanos basada en los mismos principios progresistas que los valores “estadounidenses”, como por ejemplo democracia, igualdad, pluralismo y respeto por los derechos civiles. La coincidencia proporciona un punto de partida sobre el cual convocar a los estadounidenses dominantes mediante convicciones que ya apoyan. Pero si bien los neo-conservadores estan encantados con la nueva idea de los Estados Unidos como imperio, la mayoría de la gente en los Estados Unidos no. Repitiendo un sentimiento de levantamiento en el país, un artículo publicado en la víspera de la invasión a Irak titulado “¿Es demasiado tarde para salvar a los Estados Unidos?” indica que “Los Estados Unidos que conozco no son un imperio. Es un lugar agradable donde mi abuelo me llevaba a pescar cuando era pequeño...”.7

El desafío central para el movimiento pacifista es transformar la angustia colectiva en posiciones políticas coherentes y progresistas. Esta puede ser también una de las mejores estrategias disponibles para el movimiento debido a la manera en que la administración Bush viola algunas de las tradiciones más democráticas de los Estados Unidos, incluyendo: la ley de la mayoría (Bush asumió la presidencia violando la enmienda 14 de la Constitución de los Estados Unidos); respeto por las libertades civiles (los Patriot Acts constituyen un severo retroceso a las libertades civiles en historia de los Estados Unidos); separación de la Iglesia y del Estado (la agenda teocrática del fiscal general John Ashcroft y Bush de marginalización de los programas públicos en favor de las iniciativas “basadas en la fe ” no tienen precedentes); y el multilateralismo (desde que asumió el cargo, Bush ha ignorado más tratados internacionales y ha violado más convenciones de las Naciones Unidas que cualquier otro presidente estadounidense). Adoptar el lenguaje de los valores “estadounidenses” tales como libertad y democracia le da al movimiento pacifista un lenguaje poderoso y de gran alcance para estructurar la oposición al imperialismo de manera que resuene en amplios sectores de la población.

De hecho, ciertos sectores del movimiento ya están utilizando este lenguaje con slogans como la “Paz es Patriótica”. La práctica de la disensión basada en los valores nacionalistas tradicionales tiene una historia interesante, que incluye a las brigadas de Abraham Lincoln luchando contra el fascismo español, los manifestantes por los derechos civiles que exigieron que los Estados Unidos cumpla con su promesa de igualdad y los pacifistas que transformaron al mesianismo estadounidense en el movimiento del santuario de Centroamérica en los años 80.

Pero impulsar esa tradición requerirá más que referencias patrióticas. Para que el movimiento pacifista se consolide en la lucha contra el imperialismo es necesario que se maximize el potencial radical de los valores “estadounidenses” como democracia y libertad. Podríamos empezar redefiniendo el lenguaje que se ha puesto al servicio del imperio, como por ejemplo rechazar la idea de que la democracia significa el derrocamiento de gobiernos elegidos por la mayoría de la población (como hicieron los Estados Unidos en Irán en 1953, en Guatemala en 1954, en Chile en 1973, en Haití en 1990 y en los Estados Unidos en 2000) y rechazar la idea de que la libertad significa solamente la oportunidad de proporcionar mercados, trabajo y materias primas para las corporaciones estadounidenses.

En 1896 mujeres Afro-Americanas fundaron la Asociación Nacional de los Clubes de Mujeres Negras para movilizar una masiva oposición a la segregación y discriminación. Su lema “Avanzando Juntas”(en inglés“lifting as we climb”) ofrece un buen modelo para pensar la relación entre el movimiento anti-imperialista y la corriente política estadounidense dominante. El movimiento para consolidarse necesita conocer la posición de la gente, y para crecer necesita darle la oportunidad a la gente de tener una comprensión más radical de sí mismos y de la sociedad en la que viven. El slogan la “Paz es Patriótica” puede ser un punto de partida estratégico, pero en última instancia, el patriotismo necesita ser criticado, redefinido y muchas veces rechazado completamente.

El Talón de Aquiles del Imperio

La invasión de los Estados Unidos a Irak creó una brecha entre la opinión pública y la política del gobierno reflejando la incompatibilidad de la democracia con las estrategias imperialistas. Bush ha sido llamado imperturbable por su reacción frente a las manifestaciones públicas contra la guerra. Pero mientras tanto su gobierno no revirtió la política e ignoró las protestas. Revisando los discursos de Bush durante las semanas anteriores a la invasión se observa que su llamamiento moral sobre la “responsabilidad” estadounidense de derrocar a Saddam Hussein y rescatar a la población iraquí se invocó de manera recurrente frente a la pública oposición a la guerra.

El potencial poder de la oposición por parte de la ciudadanía es bien entendida por los formuladores de políticas públicas, quienes han lanzado campañas organizadas mediante propagandas en la víspera de cada guerra de los Estados Unidos desde la Primera Guerra Mundial. En particular desde la guerra de Vietnam, los presidentes estadounidenses han caminado en la cuerda floja entre la construcción de un imperio y la oposición a la guerra por parte de sus ciudadanos. Para alcanzar un equilibrio en el extranjero los Estados Unidos se han apoyado cada vez más en los ejércitos poderosos, tales como los Contras Nicarag�enses, el Ejército de Liberación de Kosovo y la Alianza del Norte en Afganistán. En los Estados Unidos, anualmente el Pentágono gasta millones de dólares en sus programas de “relaciones públicas”.

Estas políticas traicionan la vulnerabilidad de la Administración a la oposición pública y subrayan el potencial poder del movimiento pacifista.8 La imagen estadounidense como defensores de la libertad y la democracia de la mitología nacional contradice la decisión de Bush de derrocar un gobierno legítimo (aunque éste sea despótico), instalar la ley militar de los Estados Unidos y violar las libertades civiles de los ciudadanos estadounidenses. La contradicción proporciona una oportunidad para que el nuevo movimiento anti-imperialista reclame para sí los mitos fundacionales de los Estados Unidos. Para hacer esto, debemos generar un diálogo público sobre qué tipo de país quieren tener los estadounidenses y qué valores deseamos ver reflejados en nuestra política exterior. La administración Bush seguirá teniendo una fuerte posición ideológica a favor de su “guerra interminable contra enemigos constantes” si puede convencer a la opinión pública de que está actuando según la tradición de los “valores estadounidenses”. Pero si el movimiento pacifista continúa consolidando su capacidad de llamamiento a los estadounidenses dominantes sobre la base de esos mismos valores, puede cosechar el poder político necesario para incidir en la creación de una política exterior que refleje el potencial verdaderamente democrático de los Estados Unidos.

Notas


1 Entrevista con Bob Woodward, Crawford, Texas, 20 de Agosto de 2002.

2 The Financial Times, 1 de Enero de 2003.

3 The Washington Post, 3 de Octubre de 2001.

4 Discurso televisado, 23 de Marzo de 1999.

5 Maclean’s, 4 de Febrero de 2002.

6 The New York Times Magazine, 5 de Enero de 2003.

7 http://www.alternet.org, 19 de Marzo de 2003.

8 Se puede decir lo mismo sobre la táctica abiertamente coercitiva, tales como la actual “lista negra” del movimiento pacifista conformada por académicos, periodistas y artistas, y de la criminalización absoluta a la oposición pacífica (una tradición de los tiempos de guerra de los Estados Unidos de la época del Acto de Extranjero y Sedición de 1789).

*Sin embargo, los misioneros fundamentalistas de los Estados Unidos han intensificado recientemente su proselitismo en áfrica y América Latina, con consecuencias devastadoras para los Pueblos Indígenas de esas regiones. La imposición del fundamentalismo cristiano junto a la expropiación de tierras tradicionales en las que se basan las Culturas Indígenas, constituye un ataque al sistema de creencias de los Pueblos Indígenas generando la destrucción de sus comunidades, problemas de abuso de drogas y violencia familiar, cuestiones en las que MADRE trabaja a través del apoyo a organizaciones locales.
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